Maribel y la extraña familia


El comedor de Loscertales

Cuando yo era pequeña, viviamos en un piso que eran dos unidos. Y esto, que debería haber supuesto tener muchísimo espacio, no era así. La forma de vida que llevábamos y la distribución de la casa hacía que tuviéramos muchas estancias pero bastante pequeñas todas ellas.

Bueno, pues de toda la casa, la estancia mayor correspondía al comedor. Pero no era un comedor como otros, ni siquiera un comedor que utilizáramos a diario, sino uno de esos reservados para las grandes ocasiones: comidas familiares, cumpleaños, navidades…

Además, ese comedor tenía un glamour especial. No era un comedor cualquiera sino “Un comedor de Loscertales”. Creo que no fue hasta el final de mi infancia que me enteré en que consistía aquello, ese título me daba una sensación de respeto brutal… Loscertales era una tienda de muebles de los años 50 que debía ser como el “artespaña” de los 80, una tienda carísima y caracterizada por la calidad de sus muebles (doy fe que sobrevivieron a tres niñas durante años…).

Era por ese motivo por el cual el comedor era intocable. Y lo fue durante años. Cada reforma o modificación se hacía pensando en que la habitación correspondiente tenía que acoger al dichoso comedor. Muy bonito. Precioso. Y carísimo. Pero inadecuado para la vida de nuestra familia en esa casa.

Después de convivir con “El comedor de Loscertales” durante toda mi vida, en una de esas reformas que tanto le gustaban a mi madre, cuando buscábamos la mejor forma de reubicar nuestro tesoro, una pregunta surgió: ¿y si vendemos el comedor?. Mi madre me miró con cara de espanto: “era de tu abuela” “es buenísimo y de Loscertales” “lo hemos tenido toda la vida”…

Pero quizás este fue el momento. Llamamos a unos anticuarios de el Rastro que lo compraron en seguida, y por un precio estupendo.

Y cuando, de repente, después de haber convivido con él toda la vida, vimos la habitación por primera vez desnuda, vacía, la sensación de pérdida se solapaba con la de alegría por haber conseguido, por fin, dejar un espacio libre que podría ser amueblado con otros enseres que podrían no ser tan bonitos, no ser tan caros y no ser de Loscertales pero que eran los que ibamos a necesitar y disfrutar…

Llevo toda la semana con esta historia en la cabeza. Y he llegado a la conclusión de que algunas de nuestras relaciones son como “el comedor de Loscertales” de mi casa: preciosas, estupendas, con estilo, sólidas, imponentes. Pero no siempre son las adecuadas para la vida. Y como en la historia del comedor, nos ponemos mil y una excusas para mantenerlas. Y por ello habitamos planetas bellísimos que no tienen por qué ser los mejores para nosotros.

Y al final, las historias del comedor y las de las relaciones son paralelas o pueden serlo. Y nos da miedo, o vértigo o queséyo sacarlas de nuestra vida, a veces por la sensación de vacío que pueden dejar, otras porque no se sabe si el lanzarse al acantilado sin flotador es una buena idea.

Y cuando uno, al fin, toma la decisión, la sensación es parecida a la que sentimos cuando vimos a esos hombres del Rastro llevarse nuestro comedor maravilloso: vacío y tristeza por la pérdida pero alegría por pensar que fuimos capaces de hacer hueco… a un espacio lleno de nada o a un par de sillas y una pequeña mesa, algo diferentes del comedor de Loscertales pero que puede que, solo puede que, nos vayan mejor…

Los Puentes de Madison County

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